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miércoles, 16 de septiembre de 2015

@ricky_martin "Ya me martiricé en el pasado, así que... ¡basta!"

Arrasa con su décimo disco y con su nuevo yo, libre de artificios. La honestidad le ha hecho más feliz. Y eso enamora.
Nos recibe con un café en la mano y nos invita a otro. Su mánager le regaña... No quedan muy bien en el vídeo. Él le agradece su “ojo de halcón”, pero le quita importancia... Lo necesita, después del maratón de entrevistas que lleva encima. A pesar de estar agotado, recibe nuestras preguntas entregado, como si no hubiera ninguna cosa más importante en el mundo... excepto sus hijos, claro, que le van enviando fotos al móvil de sus andanzas por Madrid. Se disculpa por la interrupción y vuelve a ser todo nuestro: derrocha encanto... conocer a Ricky es enamorarse.
Él dice que lo hace cada día, más incluso ahora que está soltero. Resulta increíblemente cercano para alguien que está en la cima de su carrera, increíblemente humilde y pudoroso para aquel que atesora tantos premios... y, además, aún conserva sus ilusiones intactas. Si me dejan, me lo llevo a casa. De veras.
Dices que el décimo disco de tu carrera, “A quien quiera escuchar” (Sony Music), es ajetreado, honesto, transparente, pasional, lleno de poesía... ¿En serio hablas del disco o más bien de ti?
No quiero sonar egocéntrico, solo compartir mis historias con transparencia, mucha honestidad y sin miedo al qué dirán... ¡Tampoco estoy confesando horrores (risas)! Deseo que el público se identifique con lo que he vivido. Me muestro vulnerable, sí. Pero también es bonito, es real.
¿Y por qué ajetreado?
Porque no dejé de hacer gira. Esta vez, no quería sufrir, así que no me encerré en un estudio nueve meses hasta que me llegara la inspiración. Empezamos a grabar este disco en Australia –mientras hacía de coach en el programa de televisión “La Voz”– y luego fuimos a Los Ángeles, a México, Puerto Rico, Miami... Me llevé la producción a cuestas (risas). Fue muy divertido. Y según los críticos y el público, era lo que me hacía falta.
¿El último trabajo siempre es el mejor? ¿Cómo ves los anteriores?
Bueno, no sé si es el mejor, pero sí el más honesto de toda mi carrera. ¡Hace tiempo que no me sentía tan bien con mi música! ¿Que cómo veo el pasado? Pues con mucho sentido del humor. Ya me martiricé durante muchos años, así que ¡basta! Soy compasivo, me acepto... escucho mi música y veo fotos o vídeos grabados y me río.
Eres uno de los pocos que puede permitirse renunciar al inglés y seguir triunfando. ¿Te sientes embajador del español?
Es un fenómeno que siempre ha pasado en mi carrera y que no deja de sorprenderme. He podido llevar mi idioma a donde no se habla y romper fronteras. Me puedo permitir el lujo de no incluir ni un solo tema en inglés y el álbum suena en todo el mundo. No es arrogancia, es una realidad. Ahora, en este momento de mi vida, no hay ninguna estrategia. Aunque tengo grandes representantes, no quiero forzar nada, no voy a hacer nada porque tenga que hacerlo, si no porque me salga del corazón. Mi música nació en español y al público anglo le encanta.
Después de 85 millones de discos vendidos y 95 discos de platino en 20 países, ¿a dónde quieres llegar? ¿Qué te queda por hacer?
¡Tengo que cantar en mandarín! Son millones de personas que hay que conquistar (risas). Mi prioridad, este año, es pasarlo bien y divertirme. Trabajar mucho, porque me encanta lo que hago, es la verdad, pero disfruto dando la vuelta la mundo. Y mis hijos se lo pasan bomba también.
¿Cuál es tu canción más personal y la más dolorosa del disco?
¡Uf! Personal es bien difícil porque todas tienen nombre y apellidos (risas), pero creo que “Isla Bella”. Me da mucha calma, me da esperanza porque me veo de niño en Puerto Rico, donde todo era muy simple. ¿La más dolorosa? “Perdóname”, pero al decir «lo siento» me quité una carga que me estaba destrozando. Tengo tres arrugas más y muchas horas sin dormir... En los discos siempre cuento mis historias, nunca me pongo caretas.
Si alguien te dice que no puedes volver a subirte a un escenario, con lo adicto que eres al aplauso...
¿A que no hay huevos? (risas). ¡Que lo intenten!
¿Cómo es el verdadero Ricky, el “Kiki” de andar por casa?
Lo que ves es lo que hay. Me ha costado dejar el ego a un lado y liberarme de lo que simbolizo. Creé una imagen según lo se esperaba de mí, pero ya no es necesario. Hay personaje solo cuando subo a un escenario, que es donde hago mi papel, donde actúo. Contigo soy yo.
¿En qué momento personal te encuentras?
Ahora me quiero más y la gente lo percibe. Aceptarme fue una cuestión de autoestima. ¡Estoy enormemente agradecido con la vida que tengo! Soy padre de familia, tengo dos niños –Valentino y Matteo– que están creciendo sanos y felices. Desde que salí de mi casa he logrado todo lo que he querido en mi vida. Y eso es un privilegio. Quiero volver a ser padre, quiero una niña, pero todavía no es el momento...
¿Qué heredaste de tus padres?
Mi padre es muy leal, un león con sus hijos, y mi madre, muy honesta, mi mayor crítica. Aunque en la distancia, cada día que pasa los entiendo y los respeto más. Mis hijos, que ya tienen su carácter, se complementan muy bien: uno es más artista y el otro, más valiente. Pero se parecen a mí; ¡no le he dejado nada a la madre!
Como padrazo que eres, muchas de tus obras solidarias se dedican a la infancia más desfavorecida. ¿Qué es lo último que ha apoyado la Fundación Ricky Martin?
Acabamos de terminar un colegio en Puerto Rico para 126 niños que se encontraban en riesgo de ser esclavizados sexualmente. Me costó muchísimo hacerlo, más de cinco años, a causa de la burocracia. Y tengo las manos llenas con este centro, es muy lindo lo que me hace sentir. Ahora, el plan es construir otros en República Dominicana, México, Colombia, pero sé que debo de armarme de paciencia... Cada vez que tengo una cámara delante hablo de la trata de personas, para concienciar a la gente. Yo solo no puedo cambiar el mundo, pero si puedo salvar la vida a una víctima, creo que ya es mucho.